A ver, por dónde empiezo.

Antes que nada, deciros que como sucede en todas las Anticríticas, aquí de lo que se trata no es de hacer una reseña y ya está, sino intentar un análisis profundo de la película, por lo que los siguientes párrafos están llenos de spoilers. Si aún no has visto la película, te aconsejo que dejes de leer ahora mismo.

Desde que se estrenó la primera trilogía allá por 1999 y 2003 (qué gran año, por cierto), siempre me declaré matrixófilo. Comparto con las hermanas Wachowski una afinidad por el hobby de los juegos de rol —de los cuales está sacado mucho del contenido de la saga Matrix, sobre todo del llamado “Shadowrun”— y, al igual que a ellas, me encanta la CF sofisticada y entretenida. Me apenaba que pasaran años y años y no volviesen a visitar ese universo, en el que al igual que pasa con Star Wars o Star Trek, caben miles de historias. No solo las de unos pocos personajes. Pero el tiempo pasaba y las creadoras del invento se resistían a volver a poner sus pies en el mundo de la realidad virtual. ¿Por qué, a qué viene este rechazo? Lo he pensado muchas veces y he llegado a la conclusión de que es por dos motivos: primero, porque a pesar de constituir el mayor éxito de taquilla de sus carreras, las Wachowski se llevaron muchos palos tanto de la crítica como de los fans por las secuelas de la película original. Y eso deja un mal sabor de boca. Es como sentirte traicionado por tus seguidores, los mismos que te habían elevado a los altares por la primera entrega (en esto el experto mundial es Lucas). Y segundo, por una razón mucho más utilitaria: el regreso a este universo era el último as en la manga de la carrera de estas dos hermanas trans, el único que podían jugar cuando todo lo demás hubiese salido mal y ya no tuviesen ningún otro clavo al que agarrarse. Teniendo en cuenta lo mal que les ha ido en taquilla después de “Matrix Revolutions”, con todas sus películas posteriores resultando fracasos, al final han tenido que jugar esta carta a la desesperada.

En determinado momento hubo un cisma entre las hermanas, y se separaron. Esta última entrega la firma Lana en solitario, que siempre fue, de las dos, el alma mater conceptual de Matrix. Decía el productor Joel Silver, en una entrevista de principios de los 2000, que cuando las acompañó a Japón para visitar y contratar varios estudios de anime para que hicieran los cortometrajes de «Animatrix», fue Lana —por aquel entonces Larry— la que se pasó las mil horas del vuelo apuntando ideas en una libreta y pariendo líneas argumentales para las películas. Así que probablemente ella sea más la escritora, y su hermana, aunque también contribuiría con ideas, la realizadora visual. Pero este feliz entendimiento se acabó hace poco. Y se nota bastante en el producto final.

Vaya por delante que soy fan del cine de las Wachowski. No de todo él, pues hay cosas como «Speed racer» o «Jupiter ascending» que no trago, pero sí que me gustaron mucho, más allá de la trilogía ciberpunk, sus trabajos en «Lazos ardientes» y en «Cloud atlas», que me parecen propuestas de género muy interesantes. Sobre las tres primeras entregas de la trilogía, decir que la primera es la mejor de todas, obviamente, la más redonda, pero que siempre he defendido y siempre defenderé que las secuelas no son tan malas como la gente ha venido diciendo durante veinte años. Son space operas punks muy dignas que, aunque en conjunto no son tan interesantes como la película seminal, están llenas de grandísimos momentos, y de ideas muy estimulantes. Pero no es la intención de esta Anticrítica defender la integridad de las secuelas de Matrix. Si os apetece, podemos charlar sobre ello en otro momento.

A lo que iba: veinte años después, Warner les abre la puerta a las hermanas para que regresen a este universo, y ellas, a regañadientes, lo aprovechan. Digo a regañadientes porque Matrix Resurrections (a partir de ahora, MR) es una película hecha con desgana, sin el punch ni la fuerza ni las ganas de cagarse en todo de las anteriores. Aunque tiene cosas positivas, su principal fallo es que, en conjunto, es una cinta demasiado autorreferencial. Constantemente está recordando las anteriores, ¡mostrándolas incluso!, y bebiendo de ellas para configurarse a sí misma. Esto no sería un problema si no fuera porque su carácter de remake no-del-todo-encubierto queda muy en primer plano, y uno se queda con la sensación de que es una coda, más que un reinicio. Es un suspiro de añoranza de tiempos mejores en el que Lana afirma en voz alta que todo tiempo pasado fue mejor (lo pone en boca de varios de los personajes, sobre todo del francés) y que hoy en día solo queda lamentarse e intentar seguir adelante en un mundo que ya no nos gusta. Hay que entender que el mundo del cine está lleno de remakes encubiertos, que parten de la misma premisa que la película seminal pero intentando mejorarla o cambiarla. Es el caso de «Terminator 2», por ejemplo, que tiene de base la misma historia que la primera solo que con mejores efectos especiales. Pero eso no es lo que ha hecho Lana Wachowski. Ella lo que ha hecho, seguro que muy supervisada y controlada por la productora para que no haga ninguna de sus wachowskadas, es pulsar el botón de reset. Pero el resultado es demasiado clónico, demasiado POCO VISCERAL, si me lo permiten. MR carece de alma, y de agallas. Y por ello, es una película que me temo que no veré dos veces.

Si hablamos de agallas, entonces la trilogía Matrix nos sirve como buen ejemplo de lo que es tenerlas. A mucha gente no le gustó esto, en 2003, y salieron despotricando del cine quejándose de los larguísimos y crípticos parlamentos de algunos personajes, sobre todo los del señor Smith y los del Arquitecto. Es cierto que la escena de la charla de Neo con el Arquitecto —que a mí, particularmente, me encanta— puede resultar muy espesa y demasiado llena de esdrújulas, pero ¿y qué?, pregunto. ¿Qué le veis de malo? A eso se le llama tener huevos, hablando desde el punto de vista del guionista, cualidad de la que carece el 99 % del cine actual. Las hermanas apostaron a una carta muy difícil en aquella época, creyendo que el mundo estaba preparado para ello: la de creer que su público era lo suficientemente inquieto como para exigir que la CF fuera algo más que batallitas espaciales pium pium, y, sin renunciar al “piumpinismo” (hoy estoy sembrado) las mezcló con reflexiones filosóficas en torno a los conceptos clave de la saga: el Propósito y la Ilusión de Libertad de Elección. Obviamente, se equivocaron. El público no estaba, ni está, para escuchar alegatos filosóficos en una sala de cine. Recordemos que la máxima del cine de entretenimiento actual es: «No me hagáis pensar, solo quiero divertirme». Tampoco es que estos discursos aparentemente complejos lo sean de verdad, una vez podados de todo el ramaje que les sobra. En el fondo, las ideas que están intentando transmitir son muy simples, y es la misma clase de charla filosófica que podríamos tener tú o yo en una barra de bar. Las Wachowski no son precisamente licenciadas en Filosofía, no nos confundamos.

Pero lo que cuenta es la intención. Ellas querían hacer un cine de CF que combinara a la perfección entretenimiento y filosofía, lo que pasa es que la balanza se les descuadró. Desde el momento cero en que oí que Warner había dado luz verde a una nueva entrega, mi principal duda no fue: ¿serán capaces de crear secuencias de acción guapas? Ni tampoco: ¿estará ya el Keanu para dar saltitos? No, lo primero que me vino a la mente fue: ¿estarán pergeñando las hermanas un guion que sea un “Matrix para niños” para cubrirse en salud? Es decir, un guion podado de todo lo que, según las encuestas, falló en la trilogía anterior: toda la complejidad filosófica, todos los paliques esdrújulos, todos los prolegómenos existencialistas a las batallitas. Ese era mi principal miedo: que, temerosos de fracasar, los artífices de la nueva entrega, fueran quienes fueran, apostaran por una versión “new millennium” de la saga, como hizo Peter Jackson en la desastrosa «El hobbit». Uhm… me equivoqué solo a medias.

Lana ha incluido bastantes ideas de las suyas, de las wachowskianas, en este guión. Y eso me alegra mucho, creo que es lo mejor que tiene la película. Pero el problema es que las ha suavizado mucho, o intentado suavizar, usando como arma sedante el humor. Y esto es lo peor de la cinta, su mal llevado y chapucero humor. Con miedo a que la solemnidad de las actuaciones arrancase los primeros bostezos en la audiencia, Lana obliga a su Morfeo 2.0 a marcarse chistecitos y bailecitos tontos mientras suelta sus frases, creyendo que así hará honor a la máxima de Mary Poppins (con un poco de azúcar, la píldora pasa mejor), pero consiguiendo únicamente caer en el ridículo y parodiar involuntariamente la magnífica y sobria actuación de Lawrence Fishburne. Hay unas cuantas ideas molonas de fondo, en el guión… pero esta vez no es la fraseología cultureta la que las oculta, sino justo lo contrario: las ideas pasan desapercibidas porque intentan expresarlas con tanta cercanía, en plan charla de bar, que quedan igualmente aplastadas por el buen rollo. Y es que el humor, por mucho que la gente crea que sí, NO encaja bien con cualquier tipo de cine.

¿Es esto lo peor que tiene MR? Me temo que no, y aquí viene el que para mí es el principal fallo de la cinta: a nivel de cine acción, es muy torpe. ¿Cómo, qué te has atrevido a decir, Anticrítico? ¿Que las reinas del cine de acción del 2000 se han vuelto torpes haciendo lo que mejor sabían hacer, lo que era su marca de fábrica? Pues sí, y no sé si es en esto donde más se nota la ausencia de Lili Wachowski, pero podría ser que sí. Las escenas de acción de MR son torpes, están filmadas de una manera confusa y a trompicones, y carecen totalmente de la capacidad de sorpresa de sus predecesoras. Lo bueno que tenían, y siguen teniendo a día de hoy, las películas de la trilogía original es que visualmente eran “una pasada”. Las peleas a veces se hacían muy largas, pues las hermanas cayeron en el mismo error que Peter Jackson, el de la elefantiasis, y creyeron que si una pelea entre Neo y cien Smith duraba 7 minutos, era mucho mejor que si duraba 4. Ahí metieron la pata, pues que algo sea más largo no implica necesariamente que sea mejor (ejem). Si uno analiza las peleas de Reloaded y Revolutions, verá que son como una danza, una especie de baile… Están filmadas con mucha claridad para que se vea bien lo que está pasando, y sin que un montaje confuso en plan metralleta disimule que el contenido de las imágenes no es tan bueno como parece. En MR esta tendencia se invierte. Las peleas son confusas, montadas en plan metralleta y sin que su contenido sea realmente bueno u original. ¿Esperabais ver alguna secuencia como la del salón victoriano con las escaleras y la colección de armas antiguas? Pues olvidadlo, en esta película no hay nada ni remotamente parecido. Las Wachowski lanzaron las primeras señales de alarma sobre esto en la absurda «Jupiter ascending», donde todo estaba filmado de un modo horrorosamente amateur, pero ahora han reincidido sobre lo mismo.

Otro gran problema de MR es que carece de una secuencia realmente epatante, o innovadora, a nivel de acción. Y ahora no me estoy refiriendo a las peleas de kung fu acrobático, sino a las set pieces súper complejas que hicieron famosas a las precuelas. Aquí no hay nada parecido a la escena de la autopista de Reloaded, ni al asalto a Sion o la pelea de superhéroes de Revolutions. Ni de coña. MR es muy plana en este sentido, y carece de esa Gran Secuencia, con mayúsculas, que hace que salgas de la sala sudando y diciendo: «Nunca he visto nada igual». Es cierto que la competencia hoy en día es muy fuerte, y que con tanto tipo en pijama destruyendo lunas como quien come caracoles es difícil llegar a ese “más difícil todavía” que define a este tipo de cine. Pero es que me da la sensación de que Lana ni siquiera lo ha intentado. En la fase de guion, sentada ante el ordenador, no se molestó en pensarse una escena realmente arriesgada e impresionante, y eso que podía jugar con el concepto de un mundo virtual en el que las leyes de la física son arbitrarias. Podría haber retorcido la realidad como hizo Nolan en «Origen», creando ciudades o autopistas que se plegaran sobre sí mismas (truco que plagió el Doctor Extraño pocos años después), o jugar con el cronómetro interno de Matrix, haciendo que el tiempo sufriera apabullantes dislocaciones… pero no. No pasa nada. Todo es muy plano y previsible, en esta entrega. Muy de bajo presupuesto. Sin imaginación.

La mejor idea que tiene la película, o al menos la más simpática, está en hacer que el protagonista crea que vive en un mundo pseudorreal, como el nuestro, y que todo el fenómeno de Matrix fue en verdad un asunto de películas y videojuegos que pasó hace veinte años. Es la misma idea que usó Wes Craven en la última entrega que dirigió de la saga Freddy Krueger, aquella tan mala en la que Freddie invadía el mundo real y acosaba a la protagonista de la primera peli. Aquí está un poco mejor hecho, aunque la idea en sí misma roza peligrosamente lo risible, pero la aplaudes cuando te das cuenta de una cosa importante: que Matrix haya elegido esconderse dentro de un metadiscurso es probablemente la única idea con chispa que tiene este guion, y que te apetece aplaudir. Es el engaño perfecto, si nos lo pensamos: hacer creer al protagonista que no está en su mundo, sino en el nuestro, y que todas las paranoias que sufre no son más que eso, paranoias. Los psicólogos son el mal encarnado, eso lo sabíamos desde hace mucho tiempo.

Creo que los ejecutivos de los grandes estudios se equivocan con respecto a su público. Sinceramente, y aquí pongo la mano en el corazón, pienso que SÍ existe ahí fuera un público culto, con inquietudes y sediento de probar cosas nuevas y que no le vendan una y otra vez la misma patata. Gente que entiende los discursos llenos de palabras esdrújulas. Es la misma gente que aplaude propuestas como «Gattaca», «Origen», «Interestelar», «La llegada» o, yéndonos más atrás en el tiempo, «Cuando el destino nos alcance» o «2001». Es gente que, como yo, cree que el cine fantástico no tiene que ser por fuerza algo dirigido solo al estómago, a las vísceras, a las gónadas, sino que también puede buscar un equilibrio con lo cerebral. Un cine que puede convivir a gusto entre el pium pium y las ideas. Eso lo entendió perfectamente gente como Peter Hyams en los 80, Spielberg en los 90, o Nolan en los 2000. Y puede hacerse, ¡claro que se puede! El cine de CF no es solo descerebrados en pijama soltando chistes cada tres minutos. El problema es que hoy en día las decisiones no las toman los creativos, sino los expertos en marketing… que meten la pata una y otra vez, y no entiendo cómo nadie los pone de patitas en la calle. Lana Wachowski hace que uno de sus personajes, en la película, diga en voz alta la siguiente frase: «¿En qué piensa la gente cuando oye la palabra Matrix? ¡En la originalidad!». Lástima que ella misma, como directora, lo haya olvidado.